Andreina Benitez analiza «Piel y Huesos», la obra de Mabel Dai Chee Chang que se presentará en el Festival internacional «El Cruce» en Rosario

Andreina Benitez analiza «Piel y Huesos», la obra de Mabel Dai Chee Chang que se presentará en el Festival internacional «El Cruce» en Rosario

15/10/2021 0 Por Monica Braile

 

 

 

El terruño de la piel.

La tierra de Mabel Dai Chee Chang tienen su propia poética. Me gusta pensar que en “Piel y Huesos” los brotes cobijados en la oscuridad del terruño, crecen y giran para impulsarse hacia el exterior. Mabel es una porción de suelo que se desplaza debajo de su obra, conduciendo lo estáticamente incorrecto a empujar a cada espectador fuera del camino.

La magia de la Artista da a luz a un espacio infinito, donde los cuerpos se rozan con las partículas de polvo que aún no deciden a qué parte de la atmósfera consagrarán como escena.

En el relato, dos cuerpos salen a la superficie y la  habitan, sacuden el polvo con su desnudez como si fuera la única manera de salirse del eje y expandirse. Saben que la única “forma” que crece, es la que muta. Desdichada, solapada en el espacio, la danza es terrena, sometida al peso de lo real, y el empoderamiento es la única ventana hacia la libertad. En este espacio rigen las entrañas.

La fuerza de empuje se centra en la pelvis. El territorio real, ocurre donde la piel nos nombra y cubre lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. La palabra es insolente y la voz corpórea, desde el vientre. La textura del texto cobra cuerpo en la misma repetición de la danza, empuja a la historia, la somete y la amontona como si fuera un deshecho. Las mujeres de Mabel pujan y dan a luz al verbo de ser mujer.

La infinidad de mujeres construyen un relato único, ese que todas las voces han emanado o deberían emanar antes de convertirse en polvo. Palabras que soñamos desconocer  nos interpelan y calan profundo. Cada personaje transita lo universal y se desangra generando el propio cimiento donde se erige la poética de la tierra: símbolos, fuentes y contorciones que se expanden.

Las mujeres se visten con desnudez, gritan su silencio, rompen sus enterezas, encarnan el despojo convocando a que la tierra se instale de afuera  hacia adentro de cada espectador.

La dimensión  que envuelve a Mabel en sus obras, la persigue, abraza y amenaza, pero sus movimientos logran trascenderla y salir del laberinto de las ruinas del hombre, (que como trincheras, nos mantiene cerca de la tierra).

 Macarena Montivero y Laila Sanz comprendieron que el cuerpo y la piel ,dejan marcas y huellas, que los horizontes errantes del público definieron un destino poético unánime: la justicia de ser “una/o misma/o”.

Por Andreina Benitez

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